Querido Maquiavelo, por Alfonso Seco -Cartas Vanas- (OPINIÓN)

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    1715
    Querido Nicolás Maquiavelo:
     
    Retirado de los negocios de la República y de los grandes hombres en su casa de campo, contaba usted en su correspondencia a Francesco Vettori cómo cada tarde despojado de sus ropas llenas de porquería, vestía de nuevo sus mejores y más distinguidos vestidos para entrar en las antiguas cortes de los antiguos reyes y preguntarles, sin temor y sin vergüenza sobre la razón de sus acciones. Contaba a Vettori de qué modo se olvidaba de todos los afanes y pesares, ni temía la pobreza ni le acobardaba la muerte mientras cuestionaba a los grandes señores de la historia qué son los principados y qué clases existen, cómo se alcanzan y por qué se pierden. Con sus respuestas escondidas en los hechos, escribió usted un pequeño opúsculo, un capricho al que puso por nombre  El Príncipe.
     
    Este 2013 hace quinientos años del comienzo de aquella obra en la que exhortaba en su último capítulo  a Lorenzo de Médici, hijo de Pedro de Médici, a seguir sus consejos y tener presente la vida de los lejanos y grandes hombres  para redimir de las crueldades  a aquella Italia como sin vida, más esclavizada que los hebreos, más oprimida que los persas, más dividida que los atenienses, sin amo ni orden, golpeada, desgarrada, arrasada.
     
    Después de 500 años y de que incontables príncipes hayan gobernado la península con mayor y menor fortuna, oprobio y gloria, sus palabras siguen resultando por desgracia actuales. Italia, aunque unida, sigue dividida. Demasiados príncipes y no demasiado virtuosos aspiran a gobernar sus destinos. Aspira el derrotado Mario Monti, que como muchos recibieron el poder de Darío en las ciudades de Jonia y del Helesponto, así lo recibió él y con  la facilidad que lo ganó, lo perdió. Aspira de un lado el débil vencedor Pier Luigi Bersani. Sin armas y sin pueblo igual que Scali en Florencia o los Graco en Roma.  Del otro Silvio Berlusconi, digno émulo de Agatocles de Sicilia y Oliverotto da Ferno por haber andado similiares caminos delictuosos y nefastos.
     
    Es sin embargo de otro nuevo aspirante sobre quién, sin miedo ni vergüenza, quisiera preguntarle. Muchos ven en él un signo del cambio de los tiempos. Nada menos que el futuro. Su nombre es Beppe Grillo y se dice cómico pero a mí me recuerda al fraile Savonarola.  Allá donde el dominico presagiaba el Apocalipsis por la ambición y la avaricia de los florentinos, Grillo presagia la destrucción del planeta por la ambición y la avaricia de los luciferinos mercados. Mientras el fraile de su tiempo amenazaba con la llegada a Italia de un nuevo Ciro de más allá de los Alpes, el cómico del mío lo hace con oscuros y austeros europeos del norte. En lugar de en la Plaza de la Signoria maldice a los culpables y sermonea a los tibios desde su plaza virtual. Hace a todos sus enemigos porque dice no hacer política, lo suyo, dice, es antipolítica.
     
    Y tiene razón. Lo suyo es la religión. Beppe Grillo es un fraile y su religión se llama progreso. Ésa es su verdad absoluta e indiscutible, su ligazón con la humanidad y la historia. Sovonarola quería purgar las almas de los florentinos para cuando llegara la gracia eterna y el fin de los tiempos. Por ello encendió la Hoguera de las Vanidades y quemó los libros de Dante y Boccacio  y también quemó hombres. Grillo quiere la gracia eterna aquí y ahora y para conseguirla tiene como plan odiar a los demás políticos. Usted dejó escrito que Savonarola intentaba hacer un partido político de una idea moral: “el que milita con Dios, el suyo, y el del Diablo, el de sus adversarios” . Sobra cambiar Dios por progreso y ya tiene a Grillo.
    Los pueblos, dejó escrito también, siempre andan intentando cambiar de príncipe y  echarse en brazos de alguien que les prometa un futuro mejor y más libre. Siempre se desencantan y siempre se arrepienten. Los hombres no mejoran tanto y tan rápido como quieren los profetas desarmados. Los hombres son tal cual son, desde las cortes antiguas de los antiguos reyes hasta 500 años después El Príncipe.

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