(Opinión) Cartas Vanas, por Alfonso Seco

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    Querido Ricardo Darín,

     
    Cuentan que se ha enemistado con usted la presidenta Fernández de Kirchner lo que supone automáticamente mi simpatía. Parece ser que a la señora Cristina no le ha sentado nada bien que en lugar de estar ensayando el bizco para hacer de su marido le haya dado por preguntar, como el padre de Sabina en su lecho de muerte, de donde coño sale todo ese dinero. Sin embargo no es necesario ser un sabueso maravilloso como su Benjamín Expósito para coscarse de los bien que le han ido los negocios desde que que Néstor llegara a la Casa Rosada. Más bien hay que ser tonto, ciego o kirchnerista para no verlo. Si no fuera porque Cristina se pasa el día hablando de los obreros, pasar de un millón de dólares a doce en once años parece un puro ejercicio de plusvalías digno de el más jodido capitalista que se haya paseado por el Cono Sur.
     
    A partir de ahora puede ser que empiece a notar el aliento del Estado en el cogote. Quizá una multita por algo que no recuerda, un rumor sobre su vida privada, un error de Hacienda… Pequeñas cosas que den por culo. Así son los iluminados, los grandes hombres ( y mujeres, claro,) con una misión que cumplir por encima de las preguntas de un actor. No son gente que aspira a ser a secas  feliz y buena, a ganarse la vida honradamente, son gente que dice aspirar a salvar la patria, a conseguir la justicia social, aunque, más tarde, demasiado tarde, nos enteremos que su misión era tan terrenal como forrarse y perpetuarse y para ello perdieron la honra en el camino. Esto que aparentan en los púlpitos les otorga una superioridad moral que les permite según el grado de iluminación molestar, joder, eliminar a los elementos reacios a comulgar con la piedra de la misión, alias, traidores de la patria. Es el caso de los jueces espiados por fallar a favor del diario Clarín en contra de la jefa. Es el caso del viejo al que investigaron su patrimonio y sus cuentas por quejarse de la ley que no permite comprar más de diez dólares que pensaba regalar a sus nietos.
     
    Usted puede estar ya en la lista. Debe estarlo cuando Cristina, en lugar de trabajar por un país que empieza desinflarse una vez pasado el humo del dinero a crédito,  tiene tiempo de contestar por Facebook. Cristina responde que los funcionarios de su gobierno ya han demostrado que todo es legal. Y responde que en el 1991 tuvo usted algún problemas con una furgoneta. Usted sabe que salió inocente pero eso a Cristina no le importa. La próxima vez no se escapa. También sabe que sabemos que un funcionario es corruptible. Y tampoco le importa. Su modus operandi es tan viejo que lo inventó en blanco y negro uno que se casó con la presidenta Evita. En la mesa dos opciones. La primera, participar de la fiesta montado en el Estado. La segunda discrepar y enfrentarse con las consecuencias.
    Ésa es la receta del populismo. Primero se calienta la nación y se la aliña con demagogia para una vez alcanzado el poder esquilmar el país y arruinar el Estado con redes clientelares  que sirvan de vanguardia si se complica la situación. Ése es el mal que lleva arrastrando la cándida, puteada y dolorida América desde hace ya demasiados años. Un mal que sufre como pocos esa Argentina que tapa con expropiaciones y otros fuegos de artificio las malas noticias que irremediablemente llegan cuando se confunde el interés común con los intereses particulares y se gobierna a base de bombas de humo.
     
    Da igual que sea el mejor actor argentino vivo y que lleve el nombre de su país por todo el mundo gracias a su talento y su elegancia. La presidenta está muy molesta porque usted pregunta. Las preguntas, ese engorro de la democracia. Haga como Depardieu y lárguese. Me gustaría invitarlos a España pero sospecho que les resultará demasiado parecida en ciertas cosas. De cualquier modo cuídese,  no nos prive de la excelencia de su acento argentino. Ya sabe lo que dijo el padre de todos éstos, Juan Domingo Perón. “A los amigos todo, a los enemigos ni justicia”
     
     

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