Olvido, por Alfonso Seco

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    Olvido Hormigos, durante pleno municipal en los Yebenes.

    Olvido no va a dimitir. Después de pensar tanto en aquella mañana lúbrica y feliz, en su marido el carpintero y en el calientapuretas  que la llamaba los jueves, en los correos que enviaba el alcalde, en los mensajes y los artículos, en la España de Bernarda Alba de Madina, en el ni se te ocurra de Valenciano, en el por tu intimidad de Aguirre. Después del éxtasis y el tormento y de pensar tanto, Olvido ya sabe que no ha hecho nada malo y que no tiene que dimitir.

     

    Sin embargo, Olvido quería dimitir, por su familia y por su partido quería largarse de ese pueblo de pozos que diría Madina. Olvido sabía la que le espera, claro que lo sabía pero ahora la pobrecita cree, de tanto decírselo,  que pasará este croar de sapos, que con su gesto valiente y digno de no dimitir por hacer lo que le plazca con su piel romana la chusma dejará de gritar al próximo pajizo o al próximo follinga que le de por grabarse.  Pero la chusma no puede hacer eso. La chusma se hace pajas en casa y grita en la plaza. Y además no olvida. Claro que los días cambiarán el tema de conversación de los cafés a media tarde y las copas a deshora, la gente hablará de otras cosas, nuevas zorras y  nuevas putas empeñadas en sus gozos, pero cada vez que Olvido pase, tan bella, en la memoria del odio las mujeres envidiosas y aburridas recordaran el crimen de Olvido. Sus dedos mojados apagando la cámara.  Recordarán la cara que ponen sus maridos cuando la ven, esa cara que hace tanto que ellas no provocan, y seguirán odiándola. Cada vez que pase, tan bella, los hombres ridículos se creerán más hombres chuleando a sus espaldas mientras le miran el culo, aquí estoy yo para que no te hagas pajas. Olvido no escuchará las palabras, pero las notará y notará como los ojos la miran, con desprecio, con lujuria con obscena compasión. Todo por un minuto y veintiséis segundos de paja, por un puñado de kilobytes asépticos que envió al calientapuretas que la llamaba los jueves y que el machote repartió para que vieran sus colegas lo hembra que se ponía la concejala, retorciéndose para el. No serán todos, claro, pero si los suficientes  para hacer que recuerde que con sus dedos insulto su moral impuesta y arbitraria, serán más que suficientes para que Olvido, ahora una víctima, empiece a ser incómoda en un partido que tiene que ganar elecciones. Entonces por otras razones que nada tendrán que ver con estos días Olvido quizá no vaya en las próximas listas y sin necesidad de hacerla dimitir la chusma habrá ganado, porque la chusma gana siempre y mal, con el tiempo.

     

    Olvido debió dimitir mientras los imbéciles gritaban en la puerta, ese día que había cámaras que pudieran grabar y periodistas que pudieran contar la lección inútil que la señora que se hizo una paja y se la envió a su amante daba a la gentuza de su pueblo. Olvido debió dimitir por vergüenza. No por la vergüenza de tocarse el coño ni de grabarse tocándoselo, tampoco por la vergüenza de engañar a su marido el carpintero. Si de algo debe avergonzarse era de representarlos a ellos. Con su odio bovino. Olvido debió romper su acta y enseñarles el dedo. Ahí se quedáis, chusma, les tenía que haber dicho.

     

    La gente convertida en chusma niega esperanza alguna de progreso, la zafia masa apedreando cualquier chivo es el mejor argumento contra la democracia. Esto no es la España de Bernarda Alba, ni la España profunda, eso aún tendría cura,  esta es la naturaleza gregaria y estúpida del hombre que surge a cada tanto en todos sitios y en todo tiempo, ciega de odio y  sedienta de injusta justicia de amoral moralidad. Esta es la misma turba que quemaba brujas o lapida mujeres, la misma que grita en las puertas de los juzgados, la que perseguía judíos o persigue gitanos porque la turba solo necesita un débil al que acusar y un buen número para esconderse, es la derrota del individuo, del derecho y de la civilización a manos de quienes no saben que mañana por cualquier pequeño secreto que tengan escondido, cualquier error, o cualquier locura serán los linchados. No hay una triste gota de justicia o moralidad en todo esto, no es el bien ni el  mal lo que juzgan en la plaza, todo es grito e inane moralina para pequeños y perezosos, lo que es normal, lo que es anormal a manos de rebaño subnormal.

     

    Olvido quiso dimitir pero la obligamos a ser valiente y seguir representando a gente que la desprecia.  Así queremos creer que los tiempos bárbaros pasaron. Pero eso es mentira. Nada cambiará porque Olvido dimita o no dimita. Las miradas y las palabras casi inaudibles continuarán ese trabajo que comenzaron los gritos. El ostracismo esta en marcha. Los Yebenes tienen que limpiar su nombre, lo creen sus idiotas,  así que cuando se recojan las cámaras y se apaguen los micrófonos Olvido ya no tendrá ni a Eduardo ni a Elena ni a Esperanza. Estará sola, con sus hijos y su marido el carpintero si es que sigue con ella, enfrente de lo peor de cada uno. Los demás estaremos todos defendiendo algún otro y diciendo cómo es posible en estos tiempos.  No miraremos hacia aquel pueblecito de Toledo, estaremos ocupados librando al mundo de los tiempos bárbaros  mientras Olvido, tan bella, se nos habrá olvidado.

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