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Marta y sor Jane (a la derecha) con un grupo de niños en la aldea de Tonj, Sudán del Sur, 22 febrero 2017. Detrás se observan los fardos de paja que se emplean para construir el techo de las casas del poblado

JESÚS COPEIRO

Nacida el 21 de junio de 1980 es hija de Javier Vizcaíno y Gracia Callejón. Estudió en el colegio de las Salesianas y luego en el instituto Diego Angulo. A continuación hizo enfermería y años después acabó la licenciatura de medicina, ambas en Sevilla. Preocupada por el denominado Tercer Mundo, ha participado en numerosos proyectos de ayuda a los países más pobres, sobre todo en África. En esta ocasión se encuentra trabajando con las misioneras salesianas en la ciudad de Tonj, en la región noroccidental de Sudán del Sur, el país más joven del mundo, ya que obtuvo su independencia en el año 2011.

Es la tercera vez que voy a Sudán del Sur -afirma Marta Vizcaíno- en las dos primeras veces no existía todavía como país, ya que en 2010 aún era Sudán y en 2011 estaba viviendo sus últimos días previos al referéndum para su independencia. Cuando he vuelto ahora, en febrero de 2017, me he encontrado un país nuevo y así se refleja en lo que miro. Hay cambios palpables y visibles nada más aterrizar.

Marta Vizcaíno en Sudán del Sur, febrero 2017
Marta Vizcaíno en Sudán del Sur, febrero 2017 

La salesiana Jane Wambui

El viaje es largo: Madrid-El Cairo, El Cairo-Yuba (la capital del país), Yuba-Wau (la tercera ciudad) y luego por tierra Wau-Tonj (100 km que se cubren en tres horas). En realidad llegué a este país siguiendo a Jane Wambui, una salesiana keniata, con una fuerza, una energía, una alegría, un entusiasmo, una perseverancia, una capacidad de trabajo y de liderazgo, que las defino como inhumanas, de estas veces que sabes que alguien está cambiando la sociedad en la que vive, siempre a mejor.

La conocí en Kenia hace ya diez años, en Makuyu su pueblo, con su familia, con su gente de siempre. Pensaba que el estar en su ambiente era lo que la ayudaba a ser tan carismática, pero no, porque en Sudán del Sur, un país diferente, con etnias distintas a la suya (a ella la llaman “kawaya”, es decir, blanquita, porque su color de piel es marrón y no negro, como es la mayoría en Sudán del Sur), con otro idioma, con otra religión mayoritaria, con una forma de vida completamente diferente, sigue teniendo ese carisma que hace que la gente con la que se cruza, se transforme.

Hay 14 salesianas en todo el país, que llevan cuatro escuelas de primaria con más de 1.000 alumnos cada una, un hospital, dos centros de empoderamiento de la mujer, dos campos de refugiados y dos terrenos de cultivos. Además, gestionan ayuda directa de comida a miles de personas.

Sudán, siempre en guerra

Creo que lo que mejor define a lo que yo he conocido en Sudán del Sur sería “el país más difícil en el que haya estado nunca”. Es un país en guerra desde hace demasiadas décadas: En el siglo XIX entre las potencias que querían repartírselo; en el XX y XXI entre árabes y negros, norte y sur, dominantes y dominados, ricos y pobres, dueños y obreros, musulmanes y animistas-cristianos; y ahora entre 2011-2017, en una guerra interétnica.

Y todo esto ha provocado escasez de recursos materiales y de posibilidades de desarrollo, estudios, etc. La conclusión es que hay hambre, no hay gente profesionalmente formada, pues la aspiración primordial y diaria es conseguir comida. Sí, llama mucho la atención que el objetivo del día sea conseguir algo de comida. Todo lo que sea algo más de un plato pequeño de comida, es un extra y un regalo, así lo viven.

Marta Vizcaíno y sor Jane Wambui, misionera salesiana, en Tonj
Marta Vizcaíno y sor Jane Wambui, misionera salesiana, en Tonj

En Tonj los supermercados están desiertos. No hay nada salvo lo cultivable y poca gente cultiva por miedo a la guerra. Saben que en cualquier momento tendrán que migrar y no hay garantías de recoger la

cosecha. Quienes cultivan, van a venderlo a puestos callejeros que forman el mercado. Y allí se venden cereales, que es la comida principal, también gallinas y alguna cosa más, pero no mucho.

Corrupción

Al haber hambre, el transporte de comida por tierra es lo más cotizado y en los puntos de control de los caminos que gestiona el ejército (los soldados no tienen paga, por lo que consiguen dinero mediante la corrupción y el abuso de poder), los alimentos son robados. Es decir, se les exige parte de la carga o dinero para seguir su camino y esto hace que prácticamente no haya transporte de alimentos por tierra, pues no hay nadie que quiera llevar el camión. La forma de que llegue el alimento es a través del WFP (Programa Mundial de Alimentos) y otras organizaciones humanitarias de Naciones Unidas o de ONGs grandes, que los hace llegar a través de enormes aviones de carga. Así es como les llega comida a las salesianas. Estas organizaciones necesitan a personas de confianza, capaces de distribuir y hacer llegar a grandes grupos poblacionales los alimentos, de una forma justa, pacífica y equitativa.

Marta y sor Jane (a la derecha) con un grupo de niños en la aldea de Tonj, Sudán del Sur, 22 febrero 2017. Detrás se observan los fardos de paja que se emplean para construir el techo de las casas del poblado
Marta y sor Jane (a la derecha) con un grupo de niños en la aldea de Tonj, Sudán del Sur, 22 febrero 2017. Detrás se observan los fardos de paja que se emplean para construir el techo de las casas del poblado

Lluvia de balas

¡Qué difícil es quedarse cuando el miedo es tan grande! Unas semanas antes de llegar yo, hubo un tiroteo en donde estaban las salesianas. Las tres monjas, cuando empezaron a oír los disparos tan cerca, se tiraron al suelo para evitar las balas perdidas. Las paredes de la casa eran como prefabricadas, así que hubo una continua lluvia de balas. Después de cuatro días, con sus cuatro noches, tumbadas en el suelo para evitar ser alcanzadas e imagino que rogando a todo y rezando todo para que no entrasen en la casa, dejaron de oír disparos. Al salir de la casa vieron una ciudad devastada. Estaban los restos de cuatro días de matanza, y creo que es mejor ni imaginar. Y esas monjas, allí siguen, no se han ido.

Hace años, en una conferencia de catástrofes y emergencias, oí a un experto (y apostaría a que era ateo) hablar sobre el genocidio de Ruanda diciendo algo como “cuando la cosa se pone fea, todos se van: las ONGs, las Naciones Unidas,… pero las monjas y los curas son los que se quedan”. Y lo he comprobado en mis propias carnes. Y según he hablado con algunas de ellas, lo que les hace ser diferentes, es el no miedo, la confianza y la fe.

Sinceramente, me he quedado muy sorprendida y asombrada de la fortaleza, las ganas de cambiar el mundo, la bondad, la generosidad, la capacidad de trabajo, en un ambiente tan hostil y amedrentador como es el de la guerra activa diaria.

Aprendiendo a moler cereal
Aprendiendo a moler cereal

Mi día a día en Sudán del Sur

Como médica y enfermera: me encargo de la educación sanitaria y urgencias. Como amiga de Jane: asistencia en el colegio, es decir, doy clases de primaria, hago de secretaria, administrativa, ayudo en la logística y en todo lo que vaya surgiendo. Como persona acogida en una casa salesiana: ayudando en la casa (mantenimiento de almacenes, electricidad, informática), sintiéndome parte de ella. Sor Jane tiene esa capacidad de buscar a los más necesitados y prestar 200 brazos de ayuda.

He sido hasta albañil. Un fin de semana, junto con profesoras y alumnos del colegio, ayudamos  a construir una casa para una señora muy pobre que cuidaba de un niño de 14 años al que le faltaba una pierna. Pues bien, Sor Jane consiguió que Médicos Sin Frontera le hiciera al niño una pierna ortopédica Los alumnos del colegio hicieron 350 ladrillos con barro y agua, luego fuimos a buscar paja para el techo y en un día acabamos una casa de 4 x 4 metros, para que la señora y el niño tuvieran un sitio donde estar.

Llegando a Wau, una de las ciudades de Sudán del Sur. El avión sobrevuela la zona campestre situada a las afueras de la ciudad. Una preciosa vista aérea sacada por Marta Vizcaíno
Llegando a Wau, una de las ciudades de Sudán del Sur. El avión sobrevuela la zona campestre situada a las afueras de la ciudad. Una preciosa vista aérea sacada por Marta Vizcaíno

Agradecimientos

Quería dar las gracias a mi familia, especialmente a mis padres, que son dos tesoros y que llevan en el cuerpo y en sus corazones, mucho miedo transformado a base de necesidad. Y a mis amigas de Valverde, que siempre me apoyan y ayudan en estos viajes. Y a las salesianas, por darme la posibilidad de vivir esta experiencia; en especial a Jane, por su ejemplo.

Alumnos de la escuela ayudando a construir una casa. Al fondo, las casas de la aldea
Alumnos de la escuela ayudando a construir una casa. Al fondo, las casas de la aldea

 

 

 

 

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