Lucas Macías “se lució espectacularmente”

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    Crítica de Arturo Reverter en el Periódico la Razón.

    Obras de Mozart y Beethoven. Orquesta Mozart de Bolonia. Oboe: Lucas Macías Navarro. Director: Claudio Abbado. Auditorio Nacional, Madrid. 25-III-2013. En esta segunda sesión las constantes directoriales de Abbado han sido puestas nuevamente de manifiesto: latido permanente de la pulsación, nerviosa e incisiva, expresiva mano izquierda, fulgurantes expansiones de los brazos en pasajes climáticos, clarificación de planos y relieve de los contrapuntos, de tal manera que el tejido instrumental resultante es diáfano y las líneas aparecen nítidamente reproducidas. Todo lo cual proporciona unas texturas claras y un espectro sonoro soleado.

     

    [quote type=”large” align=”right”]Se lució espectacularmente en el «Concierto para oboe K 314» de Mozart el oboísta Macías Navarro, de sonoridad sedosa y muelle, trinos perfectos y límpidas agilidades. [/quote]

     

    Son rasgos que definen un estilo en sazón y que en este caso se apoyan en la calidad de unos músicos que afinan, cantan y se entregan a conciencia. Puede que la familia más dotada sea la de las maderas, con una flauta, un clarinete y un oboe de excepción. Las cuerdas, satinadas e incisivas, son también maleables. Los metales no llegan a estas cimas, son simplemente dignos y por eso algunos acordes no adquieren la belleza deseadas.

    La beethoveniana obertura «Leonora II» tuvo una impecable construcción, con todos los planos a la vista. Los toques dramáticos, los contrastes, los «crescendi» fueron reproducidos magistralmente. Lo mismo que la «Sinfonía nº 4» del mismo autor, diáfana, olímpica y clásica, con tempi prudentes pero llenos de vida. En el cuarto movimiento produjeron asombro los feroces contrapuntos de los chelos y contrabajos. Se escuchó todo. Y se lució espectacularmente en el «Concierto para oboe K 314» de Mozart el oboísta Macías Navarro, de sonoridad sedosa y muelle, trinos perfectos y límpidas agilidades. El último movimiento de la «Sinfonía nº 33» de Mozart, tocado sin repeticiones, fue el transparente bis, que llegó tras minutos y minutos de inacabables y justificados aplausos de un público enfervorizado.

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