La Puerta de los Soles , por Pedro Dominguez (OPINIÓN)

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    Pocas veces he sentido tanto en tan poco tiempo. He recibido tanto de personas hasta entonces absolutamente ajenas a mi vida. Fue el 13 de abril, en Madrid, en la Puerta del Sol. Magda me presentó a Amaya, me dio un abrazo y aguantó con sus manos mi mano derecha, la frotó, y mirándome a los ojos me dijo que me limpiaría todo lo que Hellín había ensuciado. Ese 13 de abril, los amigos y familiares de Yolanda González no sólo honraron su memoria, sino que pidieron justicia por un asesinato terrorista que aún hoy permanece ametrallando los corazones de quienes quieren a Yolanda al saber que lejos de ser castigado, el autor de ese crimen, Emilio Hellín, es premiado y pagado y compensado por Interior y organismos públicos, entre ellos, por nuestro Excelentísimo Ayuntamiento de Valverde del Camino. Nuestra alcaldesa, Loles López, aún después de saber que el autor del informe pericial que encargó que me hicieran era el ultraderechista de Fuerza Nueva que asesinó a Yolanda, tuvo la desfachatez de defenderlo, de salir diciendo que “no miraba el historial penal ni la afiliación política de la gente que contrataba, y que el informe que había hecho contra mí Hellín era “serio y riguroso”.

    Tiene la poca vergüenza de mantener todo esto sabiendo que el fascista se fugó de la cárcel y que diez años después declaró que “hizo lo que tenía que hacer”. Hellín tenía que cumplir 43 años de cárcel. Se fugó tres veces, y cuando llevaba sólo 14 huyó al Paraguay del dictador Stroesner, por aquel entonces Stroesner acogía a personalidades de la talla de Somoza y Josef Menguele.

    Pero apenas tuve tiempo de acordarme de gente tan miserable como la que encargó el informe para hacerme daño. Ese 13 de abril, víspera de la República, todo era Yolanda. Nunca he llorado tanto de rabia y de impotencia, nunca he compartido de forma más sincera el dolor de otros hasta hacerlo mío. Conocer a Magda, amiga de Yolanda, a la escritora Laura Restrepo, a Enrique del Olmo, y a los hermanos de Yolanda, Asier y Amaya, es algo que no se puede explicar en varios párrafos. Tuve el inmenso privilegio de que leyeran unas palabras que les dediqué a la asociación de Yolanda González explicándoles mi caso. El texto terminaba diciendo: “El asesino Hellín no puede seguir ni un minuto más trabajando para administraciones públicas, sean del color que sean. Me dio la mano cuando se fue de Valverde, y no pasa un solo día en que no me las frote hasta enrojecerlas. Después de conocer lo que le hizo a Yolanda, no hay jabón que lave mis manos, ni agua que enjuague mi rabia”.

    Por eso Amaya, que conocía esas palabras, abrazó mis manos con las suyas hasta conseguir limpiarlas. Sonaron las voces y los vientos de la Solfónica para abrir y cerrar el acto. Nos acogieron a Rocío y a mí como a gente suya de toda la vida. Comimos juntos y durante el almuerzo cantamos Grândola Vila Morena, en portugués, y canciones vascas, y gallegas, y catalanas, canciones de todos los que nos habíamos reunido en la mesa. Y con los ojos enramados, por último, pedimos tierra y libertad, por Andalucía libre, los pueblos y la Humanidad.  Ese 13 de abril se invirtieron los papeles. Acudimos a Madrid para arropar a la familia de Yolanda, y fueron ellos quienes nos abrigaron, quienes nos animaron a seguir luchando, a pelear con el corazón entre los dedos. Tuve la suerte de abrazar a Rocío en la Puerta del Sol, desde ese 13 de abril, la Puerta de los Soles, de Asier y de Amaya. De Yolanda.

    Os quiero.

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