La muerte de Oswaldo Payá, por Alfonso Seco Ruiza

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    El 22 de julio morían en una carretera de la provincia cubana de Granma los disidentes Oswaldo Payá y Harold Cepero. Según la versión de las autoridades el coche se salió de la carretera por exceso de velocidad hasta empotrarse contra un árbol. Junto a ellos viajaban Jens Aron Modig, miembro del partido democristiano sueco y el vicesecretario de Nuevas Generaciones del Partido Popular Ángel Carromero, que además conducía el vehículo y está ahora detenido por la policía cubana con cargos por homicidio. Sin embargo los familiares de Oswaldo Payá no acaban de creer las circunstancias del accidente y sospechan que puede tratarse de un crimen político planeado por el gobierno. Payá era uno de los miembros más activos de la disidencia dentro de la isla. Premio Sajarov a los Derechos Humanos en 2002 y varias veces candidato al Nobel de la Paz, fundó en 1988 el Movimiento Cristiano de Liberación e impulsó en 1998 el proyecto Varela con el objetivo de realizar reformas que ampliaran los derechos individuales dentro de los cauces legales de la Constitución de 1976. A pesar de doblar el número de firmas exigidas para presentar propuestas de ley la Asamblea Nacional rechazó el proyecto.

    Como consecuencia de su actividad política, Payá y su familia venían denunciando desde hace años el hostigamiento y la persecución del régimen cubano. Desde luego no está en nuestras manos poder aclarar las condiciones del accidente, serán los historiadores quienes puedan contarnos qué ocurrió en aquella carretera del este de la isla pero sobra leer el editorial que dedica a su muerte el diario Granma, el diario oficial de Partido Comunista Cubano y por ende del país para simpatizar con la causa de Payá y entender la naturaleza del régimen que combatía pacíficamente, que no es otra que la tiranía. No sólo pero más que cualquier otro sistema las tiranías manipulan el lenguaje hasta hacer ver a los opositores del tirano de turno como enemigos de la patria. La patria, claro está, es la definida por ellos y por la historia que se han escrito, gloriosa e inmaculada. El nombre del enemigo de la patria queda siempre a merced de los odios o los intereses del tirano. En este caso resulta ser una “mafia anexionista de Miami” o “un monopolio financiero mediático”, pero igualmente podría ser un contubernio judeo-masónico-comunista. El procedimiento es el mismo.

    Según Granma, estos enemigos de Cuba no respetan ni la muerte con tal de agitar la contrarrevolución. Así cuenta que “algunos de ellos sin mínima decencia armaron un macabro espectáculo para la prensa extranjera que detuvo en plena calle el cortejo fúnebre de uno de los fallecidos en el accidente. La rápida y enérgica repuesta del pueblo obligó a la Policía Nacional Revolucionaria a extraerlos del lugar. Generosamente, no se les instruyeron cargos y en pocas horas volvieron a sus casas”. Como puede ver, Granma es tan decente que no utiliza la muerte para hacer política. Lo más grave parece ser que el español y el sueco entraron con visados de turista cuando su intención era involucrarse en política, cuestión vetada para los extranjeros. Lo que no dice Granma y es el verdadero meollo del asunto es que también es una cuestión vetada para aquellos cubanos que no pasen por el aro del Partido Comunista. El periódico continúa denunciando una serie de injerencias en su soberanía nacional, más bien personal, de asociaciones, partidos políticos, agencias estatales, e interestatales y hasta del grupo Prisa, que no tienen otra intención que lavar la cabeza a los cubanos e incitarlos a la subversión. Enumera ciertas atrocidades como el reparto de 10000 teléfonos móviles, el acceso a Internet sin censura sobre la primavera árabe, o los programas dirigidos a crear futuros lideres de la oposición. No piensen en algún balserito educado en el Pentágono, nada más lejos, la formación de los líderes viene a ser lo que aquí llamamos clases de informática pero a veces hasta regalan unos ordenadores. Como verán, todo un peligro para la seguridad nacional, más bien personal del tirano.

    La tiranía debe controlar lo que saben sus ciudadanos para poder decirle qué es lo que tiene que querer, cual es la voluntad única y homogénea de la nación y sobre todo para persuadir de que son ellos, el tirano y su corte, no sabemos ya si por la gracia de un dios o por qué clase de motivos de la lucha de clases pero sin duda son ellos los elegidos para traer el futuro y la felicidad al pueblo. Es básico para perpetuarse en los asientos de terciopelo ese control de lo que se lee, de lo que escribe y si pudieran de lo que se piensa porque sin él la realidad los desborda. Qué lejos queda aquel barco Granma en el que llegaron ochenta y dos barbudos guerrilleros dispuestos a cerrar el puticlub americano que había montado Batista, qué lejos está la realidad de aquellas promesas de elecciones libres del manifiesto de Sierra Maestra. Aquella ilusión de una Cuba mejor, sin tiranos. Más de cincuenta años después, la dictadura de Fulgencio Batista ha sido sustituida por la dictadura del proletariado que es una manera muy dialéctica de llamar a la satrapía de un par de hermanos viejos vestidos de verde que cuentan hazañas de cuando instauraron la felicidad y el fin de la historia en el Caribe. Aquellos jóvenes que tan bien salían en las fotos fíjese usted donde han ido a dar. Alguno dirá , y más ahora viendo lo que ocurre en España, que tienen escuela y sanidad públicas y gratuitas gracias a los Castro, pero es que el problema está en que no quieren dejar que nadie más pueda hacer cosas ni gratuitas ni de pago para los cubanos. Son muy individualistas para sus cosas. No es cuántos médicos y cuántos maestros tienen sino esas maneras tan poco comunitarias de no querer contar con ese pueblo que dicen haber liberado, de no dejar que su pueblo se pronuncie sobre si los quieren todavía después de tantísima revolución.

    La historia está llena de salvapatrias que dicen saber qué desean los pueblos y además están fritos por imponerselo. Esta clase de tipos pescan, del mismo modo que los profetas, en el río revuelto de la ingrata realidad. Cultivan sus planes en las injusticias, en la miseria y en la desesperación. Son gente peligrosa. Cogen a los incautos infelices y les meten en la cabeza el camino del paraíso perdido que nos contaron y nos enfrenta a algún enemigo culpable de nuestras desgracias, algún chivo expiatorio contra quien hacernos la tribu. Los utilizan y una vez que llegan ya todo es más fácil. Sobre todo para ellos que ya sólo se han de preocupar de engrasar una buena máquina estatal que no deje hueco a las preguntas incómodas y convierta su voluntad en la ese montón de gente distinta que por un reduccionismo atroz hace llamar su pueblo. Luego a disfrutar de las cómodas condiciones de vida que siempre han gustado a los jefes de cada cacho de tierra. Perdices y vino o mulatas y ron. El pueblo lo quiere, claro

    .A día de hoy y a la espera del día en que merezcamos no tener gobiernos, no conocemos mejor manera de evitar que esos tipos se nos cuelen de por vida que la democracia. Afirma Karl Popper que lo que hacer mejor a la democracia no es el rollo ese del gobierno del pueblo. El pueblo no puede gobernar y de hecho no lo hace. No lo hacía ni en Atenas y eso que los ciudadanos con derechos eran mas o menos un Valverde. La razón que hace preferible la democracia es puramente práctica. Es la única manera de poder echar a un gobierno sin tener que hacerlo a tiros, sin necesidad de los héroes fallidos que coleccionan los paises que no acaban de aprender a organizarse. Esto de darse unas leyes que permitan librarse entre todos de un gobierno que disguste a la mayoría es de las cosas más civilizadas que hemos inventado. La papeleta no es tan romántica como las fotos de los barbudos pero funciona mejor. Eso no hace a los gobiernos democráticos mejores, no se enamore usted tampoco, los gobiernos de una democracia pueden ser tan ineptos como el de un revolucionario del caribe, un espadón ibérico o un moro con petroleo pero al menos, estamos en condiciones de rectificar. El problema de la democracia es que nos hace responsables de lo que ocurra mientras que las tiranías nos regalan la oportunidad de tirarnos al vicio tan humano de poder culpar a los otros. La democracia requiere enfrentarse con el lío de la libertad y  la responsabilidad sin posibilidad de objetar y requiere además el compromiso de estar vigilantes para que se cumplan las leyes por encima del arbitrio de cualquier iluminado. No es fácil pero es digno.  Olvídese que la democracia vaya a traerle la felicidad, no lo hará la democracia pero tampoco lo hará ninguno de los que con un puño o una mano en alto y unas palabras bonitas se la prometa. La felicidad tiene que buscársela solito.  Sin embargo, al menos en una democracia con ciudadanos conscientes del valor profundo de la libertad ningún gobierno se atrevería a usar su muerte accidental o criminal en un editorial del periódico oficial para atacar la causa tan poco opresora  a la que dedicó su vida. Ningún gobierno se atrevería a decidir por sus ciudadanos qué cosas pueden decirse y leerse en la revista del pueblo porque tienen medios pacíficos y decentes para que se baje del trono. No sabremos si Payá murió por defender esos pequeños placeres de vivir y opinar como nos de la gana. Sabemos que vivió defendiéndolos frente los que un día formaron una revolución para traer una era de paz y libertad pero que hoy se alegran íntimamente de ciertos accidentes. Como decía Josep Plá las revoluciones sólo son un cambio de personal.

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