F, un valverdeño al que le quitaron a su hija.

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    Imagen representativa del divorcio.

    Imagen representativa del divorcio.

    Las relaciones sentimentales a veces terminan mal, muy mal. Lo que comienza siendo un camino de rosas se torna a una senda de espinas. Espinas que hasta cortan cuando la relación tiene como fruto una separación, un divorcio y niños entre el litigio. Niños que son egoístamente atribuidos como propiedad privada por dos partes que se retan en un duelo jurídico que sin duda dejará secuelas imborrables para quienes ambos reclaman: una persona.

     

    El otro día vi una película de un hombre que era amenazado por su mujer con dejarlo y llevarse a su hija, con el pretexto de sacarle dinero. El hombre, por lo visto tenía mucho dinero y poder. Ella, sabía que su hija era el único arma con el que podía salir con éxito en su tarea. Es una película , pensarán. Eso no sucede en la realidad, pensarán. Pues resulta que hace años un ciudadano valverdeño se enamoró de una rumana y ambos tuvieron una hija. El se llamaba F y ella C. Cuando el amor se acabó, la parte más débil de la pareja , a quien el derecho matrimonial menosprecia, tuvo que pagar el pato. Hace 5 años, el juez le concedió la potestad a su madre, y ella se retiró a Alicante con el pretexto de que había encontrado un trabajo. Las mujeres tiene más devoción por el cuidado de los niños, pensarán. Pues la única devoción que movió a esa madre era que el padre perdiera el contacto con su hija.  Pero no contenta con distanciar más de 600 km a quienes más quiso, optó por rematar la faena, pidió un permiso para tomar vacaciones en Rumanía, y las prolongó hasta hoy.

     

    Pero como esto no es una película, los finales felices tardan en llegar. Hoy conocemos que el próximo 17 de Mayo, el ciudadano de Valverde, F, viajará a rescatar a su hija y con suerte, traerla de vuelta a España. Ya lo intentó una vez sin suerte , el 24 de febrero de 2011, pero cuando el padre y el funcionario judicial llegaron al domicilio lo encontraron vacío y la madre notificó que se había trasladado a vivir a 300 kilómetros de Bucarest. El precio: cinco años de distancia, perder la infancia de su hija y 14000 Euros en juicios y procedimientos.

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